El maquillaje no está hecho para esconder imperfecciones sino para demostrar emociones.

Cualquiera diría que el maquillaje es superficial, y probablemente lo sea, pero esta vez no lo utilizo para cubrir, sino para mostrar lo que siento.

Tengo derecho a cambiar de opinión respecto a cualquier cosa. El maquillaje se me hacía una capa protectora para mostrar felicidad cuando la persona debajo está en realidad sintiéndose insegura. Ahora que me toca utilizarlo puedo dar fe y legalidad que no en todos los casos es igual. Probablemente mi pelea con el maquillaje estaba relacionada con la hipocresía, alguien que se maquillaba se me hacía que tenía algo que esconder cuando a mi no me gustaba todo esto, esconder espinillas, un llanto o un golpe, no sé, esconder lo que sea. Se me había quedado muy pegada la frase “cuando te sintás mal, vestite bien”, creo.

Estaba equivocada. Y me di cuenta un día que mi mejor amiga y su familia me invitaron a ir a la iglesia. Me descubrí a mí misma tan feliz de ir y de ir con ellos que fui a comprar ropa, me probé maquillajes, quise ir con mi mejor cara, mi mejor vestido, mi mejor presentación ante la única persona que me había querido en todas mis formas, colores y sabores. Describirlo va más allá de lo que pueda decir, pero me sentía feliz y quise demostrarlo así (en la iglesia pocas veces podés gritar para demostrar que estás contento… pero lo hice, anyways).

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