Querida Mon.

Le agradezco a Dios el que nuestros caminos se cruzaran alguna vez. Recuerdo con mucha ternura las razones que se dieron para que nos conociéramos. Estos días me he dado cuenta que lo que más nos unía era la construcción.

La primera vez que nos vimos queríamos construir algo, fuimos muchas mujeres a aquella reunión en un salón agradable e íntimo que dejaba la plática fluir y aunque primero nos presentamos, reímos y chistamos, teníamos la intención de construir una comunidad de mujeres que unirían sus talentos por un propósito especial. Y aunque esa era la intención, en realidad la vida nos llevó a construir algo más, construimos algo más profundo y hermoso: una amistad entre más de 10 mujeres.

Todas estábamos en distintos lugares del país y aún así sabíamos que contábamos con la otra. Nos escribíamos diariamente correos kilométricos para contar nuestros sueños, deseos, frustraciones o simplemente para contar nuestros días. Veíamos esa actividad como permanente y jamás imaginé recibir un correo años después que me notificase que estabas en peligro.

Pero lo mejor que construimos, aún a pesar de la distancia, fue nuestra confianza. Esa confianza de saber que podías contactar a cualquier mujer de nuestro grupo a pesar de que viviéramos en distintos países o que tuviéramos mucho tiempo de no hablar.

Fue por esa confianza que construimos entre todas que, cuando empecé a mostrar que yo había empezado a reconstruirme sanamente, tú me contactaste diciendo que estabas haciendo lo mismo, que estábamos construyendo juntas, que estábamos caminando el mismo sendero, solo que todavía no nos lo habíamos contado.

Y ese día nos prometimos que seguiríamos construyendo para conocer a la mejor versión de nosotras mismas, que nos lo merecíamos, que lo íbamos a lograr.

Amiga, eras una de las personas con el corazón más lindo que he conocido, eras una de las personas que trabajaba duro por sus proyectos en contra de las probabilidades, eras una de las personas que realizaba sus pasatiempos hasta el más mínimo detalle, pero sobretodo eras esa amiga que ofrecía abrazos, sonrisas y miradas de amistad sincera a cualquiera que fuera cercano a ti.

Nunca olvidaré la última ocasión en la que nos vimos, en la que estabas vestida con un traje café, preparada para una competencia en la que me pediste mis gritos para ayudarte, porque realmente, en tu mundo japonés era lo único que yo podía aportarte.

Nunca olvidaré la última vez que hablamos y nos prometimos conocer a nuestras mejores versiones.

Nunca olvidaré la última vez que supe de ti, con ese desgarrador correo que me avisó que estabas en peligro.

Nunca olvidaré lo que sentí cuando empezaron las publicaciones de que ya no estabas con nosotros.

Nunca olvidaré lo mucho que todos te queríamos, lo mucho que todos conmemoran tu partida con detalles que hicieron tu vida feliz, como las papalotas azules que todos ponen de avatar.

Mon, yo no tengo una papalota azul, pero te regalo esta estrella azul que construí con mis propias manos cuando empezaba mi carrera en la construcción para conmemorar que todo el tiempo que nos conocimos estuvimos construyendo algo.

Te mando un abrazo hasta el cielo y saluda a mis abuelas, por favor.

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