En lugar de tener lugares favoritos a los que siempre quiero regresar, tengo una colección de lugares en los que disfruté estar. Este es uno de ellos. Aprendí que muchos de los lugares que me gustaron y que disfruté tienen un patrón común: el ruido de fondo no es ensordecedor. Y créeme, para una persona como yo que habla demasiado fuerte sin darse cuenta esto es importante. Creo que me la paso peleando con el ruido que me rodea todo el tiempo para lograr hacerme escuchar. Hay un dispositivo encendido en casa y ya no nos oímos en la casa. Así que cuando llego a un lugar en el que el silencio reina o el sonido es muy leve, mi instinto me dice que ya no debo pelear con nada para hacerme escuchar y puedo relajar mi garganta y hablar suavecito o, por lo menos, en un volumen normal y decente. La primera vez que fui consciente de una experiencia así fue en una pizzería que encontré en Coyoacán. Noté que la música de fondo era inexistente y que eran las pláticas de las mesas las que configuraban una melodía que no molestaba tu velada, sino que la acompañaba, allá, en la parte de atrás de tu escenario. Después me pregunté por qué siempre regreso a un restaurante aquí que es una panadería y que la comida se tarda mucho en llegar y que, a veces, me toca lidiar con las miradas juzgadoras de otras personas por el solo hecho que llego a comer sola. La respuesta fue que, aunque existan incomodidades, éstas no son ruidosas, así que no tengo que pelear por levantar mi voz y hacerme entender. Con el simple hecho de demostrar que estoy tranquila y disfruto mi tiempo sola es más que suficiente para que las miradas cesen. Y es por esto que disfruto el yoga en mi casa, porque me escucho a mí misma, a mí respiración agitada, a mis pies choyando, a mis rodillas tronando y no tiene que ser un ruido extremadamente alto para que yo entienda qué es lo que está sucediendo por dentro. Por esto recuerdo con mucho cariño el haber estado pasando a la par de la isla de los monitos, porque lo único que escuchaba era la pala de la lanchita rompiendo el agua, el chillido de la madera de la lancha, la comunicación de los animales en sus islas y el viento golpeando las hojas. 🍃

En lugar de tener lugares favoritos a los que siempre quiero regresar, tengo una colección de lugares en los que disfruté estar.
Este es uno de ellos.
Aprendí que muchos de los lugares que me gustaron y que disfruté tienen un patrón común: el ruido de fondo no es ensordecedor. Y créeme, para una persona como yo que habla demasiado fuerte sin darse cuenta esto es importante.
Creo que me la paso peleando con el ruido que me rodea todo el tiempo para lograr hacerme escuchar. Hay un dispositivo encendido en casa y ya no nos oímos en la casa.
Así que cuando llego a un lugar en el que el silencio reina o el sonido es muy leve, mi instinto me dice que ya no debo pelear con nada para hacerme escuchar y puedo relajar mi garganta y hablar suavecito o, por lo menos, en un volumen normal y decente.
La primera vez que fui consciente de una experiencia así fue en una pizzería que encontré en Coyoacán. Noté que la música de fondo era inexistente y que eran las pláticas de las mesas las que configuraban una melodía que no molestaba tu velada, sino que la acompañaba, allá, en la parte de atrás de tu escenario.
Después me pregunté por qué siempre regreso a un restaurante aquí que es una panadería y que la comida se tarda mucho en llegar y que, a veces, me toca lidiar con las miradas juzgadoras de otras personas por el solo hecho que llego a comer sola. La respuesta fue que, aunque existan incomodidades, éstas no son ruidosas, así que no tengo que pelear por levantar mi voz y hacerme entender. Con el simple hecho de demostrar que estoy tranquila y disfruto mi tiempo sola es más que suficiente para que las miradas cesen.
Y es por esto que disfruto el yoga en mi casa, porque me escucho a mí misma, a mí respiración agitada, a mis pies choyando, a mis rodillas tronando y no tiene que ser un ruido extremadamente alto para que yo entienda qué es lo que está sucediendo por dentro.
Por esto recuerdo con mucho cariño el haber estado pasando a la par de la isla de los monitos, porque lo único que escuchaba era la pala de la lanchita rompiendo el agua, el chillido de la madera de la lancha, la comunicación de los animales en sus islas y el viento golpeando las hojas. 🍃

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