Literatura Salvadoreña.

En sentido estricto solo se puede hablar de literatura salvadoreña a partir de la segunda mitad del siglo XIX. Con anterioridad a esa fecha, el actual territorio nacional formaba parte de otras entidades políticas, razón por la que carece de sentido hablar de una identidad propia que aspirara a expresarse literariamente. No será sino a partir del triunfo liberal que una élite de intelectuales asumirá la función de conciencia nacional y, con ello, fundará el espacio de una cultura nacional donde la literatura tendrá una participación protagónica.

La labor literaria en El Salvador se ha visto afectada por el precario desarrollo de una infraestructura cultural moderna, es decir, por la debilidad o virtual ausencia de un público lector amplio y anónimo, de un mercado editorial y de una red de instituciones oficiales de fomento y difusión estatal encargado de promover la cultura nacional. Pese a estas dificultades, El Salvador ha conformado, a lo largo de un período relativamente corto, un patrimonio literario, considerable en volumen y calidad, susceptible de ser considerado una vía de acceso privilegiado a una historia nacional llena de vicisitudes.

Estas peculiares condiciones restan capacidad explicativa a los criterios de periodización habituales en la historiografía literaria. Si bien es necesario considerar el diálogo que los escritores locales mantienen con las principales corrientes estéticas de Occidente, también se requiere idear una periodización que recoja las circunstancias propias del proceso literario salvadoreño. Este capítulo trata de articular una propuesta que responda a esas demandas. Y aunque dedica mayor atención al período que arranca de la década de 1880, no por ello omite un breve recuento de la actividad literaria de épocas anteriores.

Durante las primeras décadas del siglo XX el influjo del modelo literario modernista siguió predominando, aunque se vislumbraban nuevos rumbos. El modelo de modernización cultural liberal pareció consolidarse bajo el efímero gobierno de Manuel Enrique Araujo, presidente que gozaba de apoyo entre la intelectualidad y que parecía comprometido con una política de fomento científico y artístico. Araujo intentó dar una base institucional más sólida al modelo de sociedades científico-literarias con la fundación del Ateneo de El Salvador, pero este impulso se truncó con el atentado que le costó la vida en 1913.

Con sus sucesores, la dinastía de los Meléndez-Quiñones, el camino hacia el progreso aparece ensombrecido por el retorno de males de tiempos pasados: nepotismo, intolerancia, clientelismo, etcétera.

El costumbrismo y la mirada introspectora.
Una literatura preocupada hasta entonces por la pertenencia a un espíritu estético cosmopolita estaba poco dotada para encarar estas duras realidades. Sin responder necesariamente a un programa estético explícito, literatos de variada filiación ideológica comenzaron a atenderlas. Como resultado proliferó el cultivo de distintas modalidades del retrato costumbres donde, bien de manera satírica, bien con espíritu analítico, se dirige la atención a dimensiones hasta entonces excluidas del arte. En el costumbrismo sobresale el general José María Peralta Lagos (1873 – 1944), ministro de Guerra de Manuel Enrique Araujo y escritor de gran popularidad por los artículos polémicos y de sátira social que publicaba bajo la rúbrica de T. P. Mechín. Su obra narrativa y su drama Candidato se caracterizan por la captación jocosa de aspectos típicos de los ambientes provincianos.

Otros costumbristas de importancia son Francisco Herrera Velado y Alberto Rivas Bonilla (Andanzas y Malandanzas).

La popularidad que vive el relato de costumbres se apoya en la creciente importancia del periodismo. Este medio de difusión provee algunas bases para una actividad literaria más independiente y, en consecuencia, más crítica con respecto al estado de cosas del país. Aquí también es oportuno mencionar el publicista político. De esta vertiente, la figura más relevante será la de Alberto Masferrer (1868 – 1932), quien escribió además una considerable obra ensayística. Aunque de intención más política y moral que artística, la producción de Masferrer contribuye de manera considerable a crear el clima que orienta un cambio de rumbos en el quehacer literario.

Característica de todos los autores de este período es la relativa subordinación del aspecto estético a lo ideológico. Ello no sucede con Arturo Ambrogi (1875 – 1936), quien llegará a ser el escritor viviente más leído y prestigioso de El Salvador. En su juventud había publicado unos relatos de corte mariano, amanerados y artificiales, pero a lo largo de una vida de dedicación al arte literario llegó a dominar con maestría la crónica y el retrato. Hacia 1917 Ambrogi publicó un volumen de crónicas y relatos titulado El libro del Trópico. Se puede discutir si ésta es su obra más lograda, pero no se pueden obviar sus implicaciones para el posterior desarrollo de la literatura salvadoreña. Lo verdaderamente original de Ambrogi es que el vuelco temático hacia la exploración de lo autóctono va acompañado de una búsqueda formal, ello lo conduce a un hallazgo importante, señalado por Tirso Canales: la síntesis entre el lenguaje literario y el dialecto vernáculo.

Si la representación del habla popular está ampliamente presente en el relato costumbrista y es uno de los elementos que decididamente otorga color local y que caracteriza a los personajes ignorantes, Ambrogi, en cambio, propone algo bastante novedoso: incorporar al discurso autorial voces populares y jugar con sus posibilidades literarias. De esta manera elabora una propuesta estética de considerables consecuencias: si el lenguaje del pueblo es capaz de producir poesía, no toda la cultura vernácula es barbarie e ignorancia.

Parecida significación puede atribuirse a la obra lírica de Alfredo Espino (1900 – 1928), en la que temas y lengua populares acaban transformados en materia poética. Ello constituye un suceso de gran importancia en la historia literaria salvadoreña, por mucho que esta poesía parezca anacrónica y pueril a las generaciones posteriores.

El período que comprende las primeras décadas del siglo XX es importante porque marca el paso a una cultura nacional que se ve obligada a recurrir a lo autóctono para definirse. Este dato revela que la vida nacional está dejando de ser una preocupación exclusiva de las élites europeizadas y está arrastrando a sectores sociales más heterogéneos.

Antimodernismo.
A finales de la década de 1920 y principios de la siguiente la sociedad salvadoreña sufrió varias sacudidas que desbarataron la ya endeble fe en la utopía ilustrada. En el terreno económico, la crisis de Wall Street se tradujo en un drástico desplome de los precios del café. El momento no podía ser peor. Pío Romero Bosque había iniciado en un proceso de retorno a la legalidad institucional que permitió convocar las primeras elecciones libres de la historia salvadoreña. En ellas resultó electo el ingeniero Arturo Araujo llevando un programa reformista inspirado en las ideas de Alberto Masferrer, quien de hecho había apoyado de manera activa la campaña electoral de Araujo. La crisis económica y el conflicto político resultante hicieron fracasar en cuestión de meses la gestión del mandatario y dieron paso a seis décadas de autoritarismo militar.

En el terreno de la actividad artística se registró una activa búsqueda de alternativas frente al Occidente moderno como ideal de civilización. El modernismo mariano abundaba en condenas retóricas al prosaísmo de los nuevos tiempos, pero a la vez estaba deslumbrado por la opulencia y el refinamiento de la Europa finisecular. El modernista condena la vulgaridad de los nuevos ricos, pero no muestra disposición a renunciar a los objetos artísticos que la riqueza produce. Entre las nuevas generaciones literarias esta actitud cambia: ya no se trata de quejarse de las enfermedades del siglo, sino de rechazar la modernidad en su fundamento mismo. Para muchos intelectuales el anhelado progreso ha dado signos inequívocos de su esencia maligna.

Desde su cargo de cónsul en Amberes, Alberto Masferrer había presenciado la demencia de la Gran Guerra. Alberto Guerra Trigueros (1898 – 1950) ha vivido también la crisis cultural europea en carne propia y se ha embebido del espíritu del nuevo arte, es decir de los vanguardias. Otros literarios sabrán de esas crisis por sus lecturas. Para todos ellos había llegado el momento de interrogarse seriamente acerca de si las ideas de progreso y democracia eran aún portadoras de algún sentido para un nuevo mundo interesado ahora en afirmar su alterada.

Esta búsqueda de alternativas llevó a muchos a hacer un largo y accidentado periplo por senderos tan distintos que incluyen el misticismo oriental, las culturas amerindias y un primitivismo que veía en las formas de vida tradicionales la plena y valedera antítesis de la modernidad desencantada.

En El Salvador, gozaron de particular popularidad la teosofía y otras adaptaciones sui generis de las religiones orientales. Estas ideas tuvieron un notable poder de cohesión en una nutrida promoción literaria que contó con talentos como los de Alberto Guerra Trigueros, Salarrué (seudónimo de Salvador Salazar Arrué, 1899 – 1975), Claudia Lars (seudónimo de Carmen Brannon, 1899 – 1975), Serafín Quiteño, Raúl Contreras, Miguel Ángel Espino, Quino Caso, Juan Felipe Toruño y otros. Estos escritores encontrarán su crédito estético y su profesión de vida en un arte definido como antagonista radical de la modernidad social.

Guerra Trigueros es el artista con formación teórica más sólida de este grupo y el más familiarizado con las corrientes intelectuales y estéticas de Europa. Además de ser autor de una obra destacada, jugó un papel importante como difusor de las nuevas estéticas. En sus ensayos abogó por una redefinición radical del lenguaje y los temas poéticos hasta entonces muy dominados por la estética modernista. Promovió el verso libre y una poesía de tono coloquial, proclamando así una poesía "vulgar", en el sentido de redimir la cotidianidad. Estas ideas se harán más visibles en las generaciones posteriores –en la de Pedro Geoffroy Rivas, Oswaldo Escobar Velado o Roque Dalton– ya que sus contemporáneos –Claudia Lars, Serafín Quiteño y Raúl Contreras– elaboraron una expresión lírica siguiendo moldes más bien clásicos, aunque ya distantes del modernismo.

Populismo y autoritarismo.
En la narrativa ocupa un lugar central la obra de Salarrué. Diversa, voluminosa y desigual, es la continuación y culminación de la síntesis entre el lenguaje literario culto y el habla popular iniciada por Ambrogi. Sus cuentos de barro (1933), acaso el libro salvadoreño más publico y leído, tienen interés por ser una de las decantaciones literarias más logradas de esa síntesis y por elevar el primitivismo de la sociedad campesina al estatuto de utopía nacional. También frecuente de los temas fantásticos y los relacionados con su religiosidad orientalista. Salarrué se destacó también como artista plástico. Aunque los miembros de esta promoción de literatos no siempre tuvieron vínculos directos con la dictadura militar entronizada en 1931, su concepción de la cultura nacional como negación del ideal ilustrado no dejó de proporcionar cierta utilidad a la legitimación del nuevo orden.

La idealización del campesino tradicional, de su vínculo solidario con la naturaleza, permitía asociar el autoritarismo y el populismo, ingredientes indispensables del discurso de la naciente dictadura.

Compromiso y rebeldía.
La generación literaria que alcanzó su mayoría de edad en la década de 1950 aportó algunas novedades. Es, en alguna medida, resultado de una ampliación relativa de la cobertura social del sistema educativo oficial. Por primera vez ingresó al terreno de la cultura una generación de escritores en la que se cuentan individualidades provenientes de los escalones bajos de las clases medias e, incluso, de los sectores populares. Es una generación que ha sufrido en carne propia el carácter injusto y excluyente de la sociedad salvadoreña y que llega a la madurez en la época del compromiso sartreano y de las luchas de Argelia, Vietnam y Cuba. Ello motivó a muchos escritores a adoptar posturas de oposición activa frente al régimen militar. Algunos lo harán desde las filas del Partido Comunista. El foro privilegiado de esta acción política fue la Universidad de El Salvador, pues su estatuto de autonomía le brindaba alguna protección contra la persecución y la censura.

Ítalo López Vallecillos (1932 – 1986) nombró retrospectivamente a esta promoción la generación comprometida.

El núcleo de Vallecillos.
En realidad, este grupo muestra cierta heterogeneidad. En primer lugar, destaca un primer núcleo formado por el propio López Vallecillos, Álvaro Menen Desleal (seudónimo de Álvaro Menéndez Leal), Irma Lanzas, Waldo Chávez Velasco, Ricardo Bogrand y otros escritores que, siendo aún muy jóvenes, participan en las luchas democráticas de finales de la década de 1940 y principios de la de 1950. Estos escritores revelan una individualidad bastante marcada y una preocupación por apropiarse de las últimas corrientes artísticas universales.

Ítalo López Vallecillos tuvo una activa carrera política de oposición a la dictadura militar y desempeñó una no menos importante labor de promotor cultural, que es un ejemplo de la independencia y espíritu crítico; sin embargo, en su obra lírica, de tonos más bien clásicos, está mucha más presente el clasicismo de cierta vertiente de la generación del 27 española que el aliento mesiánico de la vanguardia latinoamericana. Álvaro Menen Desleal, quien se desempeñó profesionalmente en la publicidad y los medios de comunicación, produjo una obra narrativa y dramática bastante original, en la que aparece claramente la influencia de Jorge Luis Borges y Samuel Beckett.

El círculo universitario.
Mucho más abiertamente de izquierdas fue la postura del otro grupo de literatos, el Círculo Universitario, que congrega nombres como los de Roque Dalton, Manlio Agrieta, Roberto Armiño, José Roberto Cea, Napoleón Rodríguez Ruiz hijo y otros. Su literatura de denuncia tiene un precedente declarado en la obra de Oswaldo Escobar Velado, a menudo considerado el mentor de esta generación. Muchos de estos autores transitaron por el Partido Comunista y se inspiraron en el ejemplo de la revolución cubana, tornándose cada vez más frecuente el reclamo de una labor literaria congruente con estas miras políticas.

Por el valor intrínseco de la obra, la audacia de sus reflexiones estéticas y su muerte trágica, corresponde a Roque Dalton (1935 – 1975) ser la figura más destacada de esta generación. La poesía lírica comprende la porción más importante de una obra diversa y, a veces, inclasificable, que incluye también la narrativa y el ensayo. Dalton se impone el reto de conjugar la militancia revolucionaria con una obra formalmente innovadora. Dentro de su programa estético se suscribe a menudo la abolición de las fronteras entre el arte y la vida, lo que lleva al autor a ingeniosos experimentos de collage que mezclan el verso, la narración y el documento histórico, ejemplos de esta concepción son Taberna y otros lugares, Historias prohibidas del Pulgarcito y El libro rojo para Lenin.

Se trata de una generación importante por sus creaciones literarias, pero también por su lucha por liberar a la literatura de la servidumbre del poder. Su obra da cabida a la experimentación formal, a la vez que proclama la necesidad de asumir una posición ética frente a los problemas sociales. En la medida en que el conflicto en el entorno político se polariza y acarrea represión, censura y continuas intervenciones militares al recinto de la Universidad de El Salvador, la práctica de este quehacer literario en territorio nacional es cada vez más riesgosa. A partir de entonces, una parte considerable de la literatura salvadoreña se escribirá en la clandestinidad o el exilio.

Literatura y conflicto social.
La década de 1970 trazaría un panorama bastante complejo para la literatura. Por un lado, resulta cada vez más patente la pérdida de prestigio social de la actividad artística, a diferencia de las antiguas élites liberales, las nuevas élites sociales prescinden del refinamiento estético como elemento de distinción y tienden a reemplazarlo por la cultura del consumo ostentoso. De esta manera el espacio conquistado para la cultura en la institucionalidad estatal sufre un doble desgaste: padece por un lado el desprecio de las élites de poder, quienes ven en el arte una actividad incomprensible e improductiva y, por otro, es vista con recelo en los círculos intelectuales de la oposición. El efecto de esta situación es nefasto. El desgaste de legitimidad unido a la crisis económica que se desata con la eclosión del conflicto social asfixia casi por completo instancias que, pese a todos sus defectos, habían logrado promover y preservar el patrimonio cultural de la nación.

Como contrapartida, a lo largo de la década de 1970 tuvo lugar una efervescente actividad artística en círculos de la oposición de izquierdas. Pese a las adversidades, la productividad fue notable, especialmente en el terreno de las artes escénicas y la música popular en el ambiente de la Universidad de El Salvador, cada vez más politizado, siguieron apareciendo nuevas generaciones literarias que se hacían eco de los gustos y las costumbres del movimiento contracultura de finales de los años sesenta.

La publicación de la novela testimonial de Manlio Argueta Un día en la vida señala en 1980 un cierto auge de la narrativa testimonial que recoge –a veces de forma creativa, pero en la mayoría de casos de manera cruda y literariamente poco elaborada– la experiencia de la violencia política y la guerra. Aunque en su momento no faltaron algunos estudiosos que cifraran grandes esperanzas en el potencial innovador de este tipo de literatura, con la distancia de los años transcurridos se ve que los pronósticos eran desproporcionados.

Sería erróneo sugerir que toda la producción literaria de las décadas de 1970 y 1980 tiene un carácter partisano respecto de los bandos en pugna. Muchos escritores sintieron la urgencia de afirmar la independencia de su trabajo creativo respecto de sus opciones o simpatías políticas. Entre ellos se cuentan David Escobar Galindo, Alfonso Quijada Urías, Rafael Rodríguez Díaz, Francisco Andrés Escobar, Ricardo Lindo y Claudia Herodier, entre otros.

La posguerra.
Después de la firma de los Acuerdos de Paz, la literatura salvadoreña enfrenta grandes desafíos. El mayor de ellos es, sin duda, contrarrestar la marginalidad en la que se encuentra confinada en un mundo regido por la cultura mediática poseedora. En una sociedad donde la audiencia de programas televisivos alcanza millones, no deja de ser preocupante que las impresiones de obras literarias raras veces superen el millar de ejemplares.

Esta situación no debe llevar a la prematura conclusión de que la literatura salvadoreña ha enmudecido. Cada año son más lo que asumen el reto de plasmar artísticamente en un mundo que cambia con celeridad. El derrumbe de las utopías, la experiencia de la guerra, el transplante masivo de contingentes de población salvadoreña a otros países –especialmente a Estados Unidos de América–, la caótica vida urbana y la ubicuidad de la cultura mediática son nuevos datos que interpelan a quienes escriben.

Se ha ido consolidando la carrera artística de autores que se iniciaron en el período de confrontación. Ahora muestran en su obra un mayor repertorio de recursos expresivos y una perspectiva más distanciada. En poesía debe nombrarse a Miguel Huezo Mixco, Roger Lindo, Alfredo Ernesto Espino y Carlos Santos. En narrativa destaca Horacio Castellanos Moya.

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